martes

Siempre he considerado que no importa cual sea el oficio de un individuo; la vida siempre se moldea como la arcilla, o mejor aún, como los pensamientos humanos caprichosos. Pero tengo que decir que no se trataba de un capricho el hecho de dejar todo tirado _según muchos_ e irme hasta el fin del mundo. La nieve siempre ha sido para mi algo emocionante, como se puede emocionar algúno con el olor del café. La noticia se difundió y entre muchos surgió la inutil pregunta de: ¿Para que querés irte a aprender de pingüinos si en el trópico no existen?; se los juro que no fue solamente uno quien tuvo el atrevimiento de decirlo, fueron varios, incluso mamá lo dijo!. Entonces es ahí donde ha de llegar a la cabeza como una chispa la duda, la estúpida duda que no deja ser feliz al hombre, que no lo deja vivir...

Se que el tiempo pasa y a lo mejor después de algunos años me parezca ridícula mi manera de escribir en esta historia. Hace algo más de un año que me puse en la tarea de hacerlo y después del tiempo cuando me dispongo en volver a leer aquellas lineas, solo queda la sensación absurda y estúpida de insatisfacción humana. Es cierto, ¡evolucionamos!, pero a pesar de eso, siempre queda algo imborrable en las palabras, algo que jamás podrás ocultar, y no es el "estilo" propiamente; se trata de algo más, se trata de convicción. En mi caso jamás se borrarán las huellas de la increible experiencia de viajar bien, hablo de viajar bien al incomparable modo de descubrir el mundo en cada paso con convicción. A veces llevamos nuestro ser como un cinturón puesto, olvidando lo trascendente y a veces algunos creen huir de sus vidas sin pensar que a donde quiera que vayan la consciencia se lleva consigo de manera inseparable. Tememos a asomarnos a aquella habitación donde ocultamos los miedos y fracasos que nos perturban; cuando se tiene una actitud sincera consigo mismo excavamos túneles en la conciencia que nos permiten abrir con un sentimiento puro de humildad y corage, la puerta de aquella habitación oscura que inmediatamente se llena de luz, luz de libertad.

La razón de lanzarse al mundo y dejar que todas esas cosas que habitan en él, te envuelvan en una corriente infinita de ideas y hechos, conduce la vida a una dimensión donde la identificación no exite; el universo no se ha tomado el trabajo de darnos la evolución y la vida como algo que para muchos, termina siendo la historia de una marcha incesante de la gran máquina humana hacia propositos profundamente operativos, es responsabilidad nuestra atender a nuestro entorno y hacer de eso algo que irremediablemente queda escrito en la historia de la humanidad.

Siempre he dicho que no dejaré esta vida sin realizar la tarea de _como dice mi amigo Enrique Paredes_ "Conocer que piensa un indígena en medio del Amazonas y un esquimal en Alaska!". En menos de un mes viajaré a Buenos Aires donde comienza otro de esos capítulos que me apasionan desmedidamente: Mirar el mundo desde la ventana de un bus!. Después de eso, llegará el inesperado consuelo de haber tenido el atrevimiento de asomarme una vez más a la habitación a la que muchos no suelen atreverse.

lunes

"Qué hermoso era el resplandor del cielo por la mañana y al caer la tarde! “Iluminación patagónica”, la llamaban las nenas. En el vapor costero Buenos Aires, que nos trajo hasta San Julián, nos había llamado un gran óleo en el comedor que producía esta iluminación. Yo lo consideraba artificioso y de poco gusto, nunca había visto tales colores en el cielo. Cuando los ví al natural, el óleo apenas resultó un pálido reflejo. Los colores increíbles que iban del amarillo más tenue a un naranja intenso, del rosado y del rojo hasta el verde, constituían un espectáculo que nunca quería perder".

María Brunswig de Bamberg, Más Allá en la Patagonia